Hoy, en mi casilla de correo, una bella dama y mejor madre me envió un email con el texto que líneas abajo cuelgo. No sabemos quien lo redactó y seguro tiene mas de 50 años, su ubicación geográfica, menos donde lo publicó como original; con esta salvedad ante la imposibilidad de hacer justicia con el nombre del autor, lo cuelgo en este blog.
Habla de un tiempo que pasó, de la cocina, de su entorno, de la vida. Esta muy bueno, espero lo disfruten.
¿se identifican en algo?
"No hace tanto
tiempo que ......cocinábamos en un primus.
¿Cómo te voy a explicar? Un primus era
como una cocina chiquita que se prendía con un fósforo. No. Era como una
garrafita que... no, tampoco... ¿cómo te explico?...tenía tres patas ¿no?... un
depósito... un depósito que siempre brillaba.
Te lo juro, ni en la casa más humilde
los primus dejaban de brillar. Los hacíamos brillar a Brasso partido. Pero por
las dudas, empecemos por el principio: ¡Atenti! No te estoy diciendo que fuera
más rápido, más limpio, ni más seguro que un microondas.
Es más... tampoco tenés que
interpretar que te estoy diciendo que todo tiempo pasado fue mejor, ni trato de
venderte un tranvía. Lo que te digo es que cuando me acuerdo del primus me
viene como una cosquilla en la barriga. Porque tu vinculación con el microondas
comienza un segundo antes de empezar a cocinar y termina un segundo después del
sonido de la campanita. En todo caso tu vinculación sigue un poco más si te
quedan cuotas para pagar.
Con el primus la
historia arrancaba cuando lo levantábamos y lo sacudíamos para saber cuanto
combustible le quedaba.
--¡Está casi vacío mamá! Apenas se escucha un ruidito.
Precisábamos por lo menos media hora
más porque teníamos que buscar la botella de vidrio que papá guardaba lejos de
las otras botellas para evitar la confusión, la libreta, el trompo y las
bolitas -por las dudas-, el bolso y recién después emprendíamos el largo viaje
hasta el lejano almacén de la esquina.
A vos por ejemplo, nunca te ví yendo
al Súper a comprar kilovatios para el microondas. Camino al almacén era
imposible saltearse la esquina donde los gurises jugaban un picado. Así que el
bolso quedaba esperando sin muchos nervios paradito atrás de un arco, de un
árbol, a resguardo de algún patadura. Un tiro libre, una atajada, un pase de
gol y al almacén, donde Don Luis nos preguntaba por mamá, por papá, por el
abuelo que hacía seis días que no veía y nos recordaba los dos goles de Spencer
del domingo.
--Dos-go-la-zos-decía, como si Solé se los hubiera mostrado por televisión, y
nos cargaba de cuentos, de saludos y de querosene que sacaba de un tanque con
canilla. Se limpiaba con una estopa, un trapo, un papel de astraza (en ese orden)
manoteaba un par de caramelos de los bollones de vidrio.
--¿De cuál querés la yapa?
--De los envueltos, Don Luis, de los que tienen papelitos.
A la vuelta perdíamos alguna bolita o
hacíamos zumbar un trompo y llegábamos justo cuando mamá salía a ver qué pasaba
que demorábamos tanto.
--Estaba lleno, mamá.
--¿Y por qué estás transpirando?
--Porque vine corriendo para no demorarme.
¡Y prenderlo! ¡Prender el primus! ¡Todo un ritual!
Ponerlo en el fogón después de cargarlo y descubrir que...
--Mamá, no encuentro los fósforos.
--Pedile a Doña Luisa; que si volvés al almacén cocino de tarde. Pará...llevale
esta rosca, decile que la hice en el horno a leña.
Y otra conversación que generaba el primus.
--Doña Luisa, dice mamá si no le presta una caja de fósforos que se la devuelve
más tarde.
--¿Cómo está tu hermano? ¿Se le pasó la fiebre? Llevale a tu madre esta
manzanilla y para vos tengo una revista de Tarzán. Andá que te está llamando.
Después...ponerle alcohol con la
alcuza y con cuidado, justo hasta el borde para que no se derramara ni una sola
gota porque era peligroso que se prendiera fuego. !Qué extraño! No nos dejaban
tocar nada que tuviera un cable pero nos mandaban a prender el primus.
Lo que todavía no consigo entender es
cómo era que poníamos más alcohol del que cabía. Si mirábamos el nivel de
líquido azul siempre parecía que estaba a punto de volcarse. ¡Prenderlo y
esperar a que se consumiera! Distraerse haciendo algo pero no mucho, como los
malabaristas chinos de los circos que esperan hasta último momento que el plato
deje de girar y justito, justito, cuando parece que se va a caer, cuando parece
que se va a apagar ...cerrar la válvula y darle bomba. Teníamos un reloj
interior que nos avisaba en qué momento teníamos que hacerlo. Y le dábamos
bomba.
¿Bomba? Tenías que ... eeeh...te
explico...con la mano izquierda lo sostenías para que no se moviera, con la
derecha agarrabas la varilla de la bomba entre los dedos índice y mayor y lo
impulsabas con el pulgar. Una, dos, tres veces hasta que la presión era
suficiente para que roncara con fuerza y apareciera esa llama poderosa capaz de
hacer un guiso calentando de afuera hacia adentro, que era la única manera de calentar
las cosas en esos tiempos.
Al costado descansaba la caja de
fósforos Victoria que abríamos tirando de una orejita de cartón, levantábamos
una tapita y ahí aparecían los pequeños fósforos con polleras de papel encerado
que hacíamos bailar cabeza con cabeza. Mi padre la convertiría después en la
más masculina lima de uñas. Junto a ella, como tres flaquísimos soldados, en un
sobrecito de papel azul aguardaban alertas las agujas de lata, por si se tapaba
algún oído.
Cada tanto había que darle bomba para
que no se achicara la llama y cuando se terminaba de cocinar lo apagábamos en
el patio abriéndole la válvula para que en la casa sólo quedara olor a comida.
--Si sobró algo de puchero voy por ahí-- decía en broma el vecino del fondo cuando
nos veía apagarlo.
--¿Cómo te fue con el mapa que te ayudé a hacer?--Me saqué un sote Don Julio.
--Nos sacamos un sote-- decía el vecino y seguía regando las tomateras.
Sí... tal vez nos sobraba el tiempo y
no sabíamos qué hacer con él.
Lo más probable es que hoy se cocine
más limpio, más seguro y más rápido. Lo más probable es que hoy la vida sea más
limpia, más segura y más rápida. Pero... lo que te puedo asegurar es que entre
el primus y el microondas había por lo menos tres conversaciones, un mapa, un
par de goles, una revista de Tarzán, un fiado, una manzanilla, dos
caramelos,una rosca casera y todo un barrio de diferencia.
¡Se me durmió en el sillón! ¡Qué raro, dormirse cuando le estoy contando
estos cuentos tan interesantes"
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