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domingo, 21 de julio de 2024

 

ANDA UN PESO EN EL PUEBLO

 

   En este bendito país, en nuestros pueblos agrícolas, enseguida se sabe cuándo hay lagarta en un cultivo, si la soja tiene tal o cual peste, del rinde cosechado. No es mérito excluyente de los medios de comunicación que de manera periódica dan cuenta de la actividad agropecuaria. También del boca a boca con origen en el hombre de campo y cuyo eco se siente en el pueblo. Ese dato, es algo así como la fija, de una carrera llamada vida económica de un pueblo. Tal lo que viene sucediendo en el litoral oeste estos días. Lo que determinará el humor y el bolsillo de la comarca.

  En Dolores el calor era la constante. No aflojaba nunca, ni siquiera daba tiempo a que en las madrugadas las paredes de las casas se enfriaran, aunque sea un poco. De cualquier manera, eso no limitaba el laburo. Aquel herrero era un hombre severo, a fuerza de trabajo y de horas robadas al sueño, su negocio había crecido, tenía dos empleados. En las vacaciones sumaba aprendices, dos de sus hijos, porque no solo debían estudiar también ayudar a parar la olla.

   La premisa del negocio: “las cosas se hacen bien o no se hacen”. A fuerza de martillazos, soldadura y lima, se crearon puertas, ventanas, muebles y lo que cliente necesitaba o mejor dicho lo que la cosecha genera.

   El momento de la trilla es cuando el clima da vuelta sus cartas endiabladas y el juego se muestra en la calidad de lo plantado. Por eso el ambiente general del pueblo, perdón de la ciudad, era de optimismo.    

   Se hablaba de los lindos promedios por hectárea, los más viejos lo expresaban en fanegas, del peso específico, que venía limpio y seco. Las colas de camiones en las barracas daban cuenta de que la cosa venía lindaza. Con un detalle. Las calles se llenaban de palomas y gorriones comiendo el grano que se caía del camión del granel. Es que aquello fue una revolución.

   Si la memoria no falla, por la década del 70 se dejó de levantar el trigo en bolsas de las chacras, para recibir a granel. Los talleres llegaron a trabajar hasta en doble turno en la transformación de las cajas. Al tiempo que se fabricaban tornillos y tolvas.

  Mucho trabajo y se nota. No era raro, que un productor se detuviera en el taller, medio apurado y seña un juego de patio para la patrona con fecha precisa de entrega, tiene que estar pronto en navidad.

   La fragua se prendía, no importaban los 40 grados en el ambiente. Mientras uno de los hijos da manija avivando el fuego, el otro corta las varillas y las endereza. El padre maneja el fierro casi fundente para generar rulos, eses, con la ayuda de la bigornia y la diestra maravillosa manejando el martillo.

  No había tiempo que perder. Aprovecha, manda al tercero, al más pequeño a la carpintería de D´Andrea, quiere saber si las cármicas están prontas para el juego de comedor requerido por otro paisano.

   La respuesta es clara, dice Alberto que mañana las saca de la prensa y quiere saber si te puede mandar un camión para hacer una caja, él se encarga de las maderas.

   A falta de celulares y teléfonos en ese tiempo, los guachos chicos en bicicleta eran los mensajeros de la época.

  Entonces, la pausa en las medias tardes, la madre llamaba a su prole a la cocina, esperaban unos tazones enlozados, grandes, con el recién colado mate cocido y rebanadas de telera rebosantes de dulce casero. Si, me parece sentir el olorcito de la yerba.

   En eso, entró al taller el albañil Rico, director técnico los fines de semana de su querido baby futbol de Nacional, lo embromaban por un circunstancial tropezón. Ya en la charla seria, coordinan con el patrón para ver una obra donde en la ochava instalarán una puerta de dos hojas, tiene que ser rápida, porque el electricista Castromán ya enhebró los cables y el comercio inaugura el 5 de enero.

   Todo eso es una muestra, quizás pequeña en la macroeconomía de la nación. A escala local, a fin de mes, que digo, en la paga del sábado engorda más de una billetera. Hasta los hijos recibían su sueldito para que fueran aprendiendo lo que es la vida, que luego podían materializar de muchas maneras, como unos zapatos que se lucieron orgullosos en el baile de la Agropecuaria.

   Es que aquella tierra fértil, sin olvidarnos del esfuerzo del productor y la tecnología, cual madraza indulgente y cariñosa, más que menos, permitía la cosecha, esa recolección de frutos como resultado de sus cualidades.

   Dicen que Dios baja a la tierra, por el altar de la sierra en Minas y en abril, en búsqueda del paraíso, que en diciembre es Soriano. 

   Así el pasado jueves, venía por ruta 2, hacía rato había dejado Dolores y cerca de Rodó, hice un alto en el camino. Me metí en la entrada de un campo a mirar la sábana dorada. Una cosechadora estaba atorada en el potrero levantando el grano embarazado de harina. Despacito salía un camión con zorra, el chofer me gritó, ¿todo bien? Le levanté el pulgar y le grité: hermano, todo bien, si estoy feliz.

   No sé si me entendió. Este joven sesentón, volvió a experimentar lo que hace apenas 50 años, su familia, su ciudad, la región vivió y vive.

   El trabajo del hombre de campo genera recursos y se derrama en la sociedad en la forma de más trabajo, más progreso, más gente honesta, más tributos para la nación. Nada de arriba.  

  Fue cuando en Rural escuché a Milagros decir la consigna del día: ¿lo que más me gusta de mi país? Te respondo atrasado. La cosecha viene linda, hay laburo, alegría en la gente, anda un peso en el pueblo.

 

Columna emitida en el programa Abrazo País, CX 4 Radio Rural, el 25 de noviembre de 2023.

 

 

 

 

lunes, 7 de noviembre de 2022

 ¿MILANESA? ¿CHIVITO?  TODO JUNTO

  Abrís la carta y te sorprende. ¿Qué es una milanesa al pan tipo chivito? La atenta moza te lo explica y al llegar a la mesa sorprende.

   Es un filete de carne fina que en lugar de sellarla en la plancha, se empana al estilo inglés (harina, huevo, pan rallado) y frita en aceite.

   Su habitual presentación es al plato. Viene en dos panes cortados al medio y untadas de mayonesa sus caras. Sobre la base se dispuso en el siguiente orden: hojas de lechuga, rebanada de tomate, milanesa chivito, feta de jamón, mozzarella gratinada, huevo frito, panceta crujiente y lo cubren con la otra mitad del pan. Bien servida dirían muchos cocineros.

    Para este oriental resulta demasiado generosa la porción, es posible compartirlo entre dos. Entonces mi comanda indicó: en un solo pan.

    A la hora de la verdad resultó sabrosa, bien condimentada, carne tierna. La relación calidad costo es muy buena en favor del comensal.

   Esta preparación, tal cual se cita, se sirve al menos en dos establecimientos en Dolores, Soriano. El restaurante y parrillada Caramora y El Retorno adonde la degusté el pasado sábado, ubicado en Asencio y Schuster. Un lugar de pocas mesas, prolijo, baño limpio pero chico. La atención en sala es al ritmo interior de nuestro país; después de todo no está mal bajar un poco las revoluciones.

   Es una firma tradicional de la ciudad. Vicente Condenanza Solari, lo cita en la calle Artigas frente a plaza Constitución a la derecha de la Asociación Agropecuaria en el año 1955 a cargo de Quico Ballesteros.

  Ya en la década del 70, el comercio estaba en manos de Orito Gorostiaga y Chiquita Otazú (2)  quienes luego lo mudaron a su actual sitio, donde en 1955 funcionó la Fonda Viré de Pepe e Irma (1). 

   Este plato quizás fusión, milanesa al pan tipo chivito, no lo he apreciado en el menú de otras casas de comidas nacionales. ¿Es algo propio de Dolores?

   Para confirmar o descartar esta afirmación, deseo conocer su aporte al respecto, mientras sigo recorriendo las mesas uruguayas.

 

Referencias:

(1)   ¡Qué tiempos aquellos! de Vicente Condenanza Solari, publicado en el periódico Irupé el 23 de julio de 2017.

(2)   El Retorno de Jose Montero, en Facebook, 13 de junio de 2018. 





miércoles, 24 de noviembre de 2010

15000 PRIMAVERAS (III)


Al entrar al baile, me aturdió la mala acústica del Estadio Cerrado Municipal justo cuando Horacio Macoco Acosta y Mario Fernandez de Fantasía cantaban: “Primavera, primer baile, primer beso / Primer llanto, primer loco sentimiento / Primavera, de mi vida la primera / la que quiero que se quede para siempre / Primavera.”. A su turno, Los Estudiantes, también animó la fiesta; así se cerraba en aquel entonces el programa oficial de la Fiesta de la Primavera. Fui uno de sus actores hasta 1981. Esos carros se desarmaron y puntualmente con la nueva floración, a modo de ave fenix se armaron otros. Ahí hay magia, un poco de eso sustenta el evento popular, el cual acaba de cumplir 50 años, el pasado 10 de octubre

Fuera de estas memorias, el festejo tiene en líneas generales un balance positivo; en lo tangible se recaudan fondos para los centros educativos, moviliza el comercio de la zona, genera trabajo, incrementa la movilización de personas. En lo inmaterial fomenta y destaca la región, concibe acciones artísticas en la estudiantina arrastrando en esa realización el apoyo de familiares. De manera indirecta congrega a la familia.

Los hechos negativos han sido pocos, alguno muy doloroso. De confirmarse la tendencia planteada en la organización de la última edición, cabe esperar una mejora en varios puntos: horario y desarrollo del desfile, ubicación de espectadores y seguridad. Cuesta lograr el apoyo estatal, básicamente cuando las decisiones se toman en Montevideo. También es un debe la promoción institucional del suceso, se sigue apelando a afiches que se ubican fuera del departamento en contados puntos de exhibición siendo la propaganda boca a boca, el medio más utilizado. No se puede entender al día de la fecha la carencia de un medio electrónico oficial, (web, blog) que difunda acciones y resultados del concurso. Un nuevo plan de marketing obligará a definir entre otros puntos, que tipo de fiesta se pretende, quienes serían los organizadores y el punto crítico de saber cuantos nuevos turistas puede captar Dolores sin caer en la desatención o falta de provisión de servicios, ha sucedido.

Reitero el balance es francamente positivo y seguro lo que la crónica no refleja o es de difícil medición por parte de una evaluación es lo relativo a lo social.

Dolores esta ubicada en una zona agropecuaria productora de commodites de excelente comercialización, en la ciudad eso refleja en el trabajo de servicio que promueve el campo; de cualquier manera el movimiento es tranquilo a semejanza de cualquier localidad medianamente activa de nuestro país. Claro, el día de la Fiesta de la Primavera, el incremento es exponencial. Es cuando la ciudad está más linda y cuando cualquiera de mis paisanos se siente orgulloso. Es el momento de reunir a la familia primero, luego cuando los hijos terminan secundaria serán ellos en sus estudios o trabajos quienes atraen e invitan a otros concurrentes. La cosa no queda ahí. Habría que preguntarse a partir de este acontecimiento cuantas parejas se enamoraron, luego se comprometieron. Muchos consuegros se conocieron en esta ocasión, en paralelo otros tantos asados se han comido generaciones de ex alumnos. Numerosos reencuentros, gran historia. Si José Pedro Barran al definir esta rama dijo: “es la disciplina mas humana de todas las ciencias sociales, la mas apasionante, la más “pasionante” en el sentido de que convoca las pasiones de todos nosotros, démonos o no cuenta de eso”

Hago mía estas palabras ya que se me ha permitido en esta serie citar, partes de mis vivencias; seguro hay más, mínimo una por cada doloreño, algo así como 15000 primaveras.-

Publicado en el Semanario Entrega 2000 en la columna Las Recetas de Marcos Ruella el 22 de octubre de 2010.



viernes, 15 de octubre de 2010

15000 PRIMAVERAS

Eran las 7 de la mañana y Don Carlos tenía en la mesa del patio un fenomenal cordero, comprado a Luis Bianchi, un productor rural amigo de la zona del Camino del Medio. Lo adobaba. Preparaba un mejunje con sal, mucho ajo más vinagre y cubría todo el bicho, especialmente cuartos y paletas. Sus dos hijos mayores, dormían, se habían acostado una hora antes, por que estuvieron de baile en el Club Unión con Mamma Mia, un clásico sabatino. La mañana estaba fresquita y los carros comenzaban de a poco a salir de las barracas situadas cerca del río hacia el Estadio Cerrado, lugar de partida del desfile matinal de la Fiesta de la Primavera de Dolores.
De repente todo se alborotó, un timbre alertó la morada, afuera gritos nerviosos y el clamor desesperado de un padre. ¡¡¡Se nos rompió el eje de la carroza, estamos a media cuadra!!! ¿No podrá soldarlo? Era la política del herrero, dueño de casa, no involucrase en el armado de ningún carro, a pesar de que los hijos tenían los suyos, ya que los clientes se podrían llegar a molestar por un eventual favoritismo pero la ocasión quedaba fuera de aquellos principios. Era una emergencia, carro y clase, principales actores y había que dar una mano.
¡Levántense! hay que ayudar, les ordeno a los hijos mal dormidos. Así los tres, sacaron del taller la eléctrica y otras herramientas y la llevaron por Río Negro hacia Varela. El escenario era desolador, algunas chicas lloraban, una madre rogaba por un milagro y de la familia Buscio apareció otra ayuda; ahí se enchufo el alargue que dio energía a la soldadora. Ah! me olvidaba, el vecino de enfrente, el camionero se arrimó con un extinguidor, no fuera a ser que una chispa detonara un desastre arruinando mucho y hermoso trabajo. En un acto reflejo don Carlos se puso su delantal de cuero de cerdo, el que le repelía las chispas del electrodo, se tiró bajo el carro, puso un gato, levantó la plataforma y gritó, ¡maquina!. Señal clara de cerrar el circuito eléctrico. El humo delataba fuego, eso era metal fundido y un eje volvía a soportar peso, se lograba el movimiento, recobraba vida. La alegoría por fin continuó su marcha. Luego don Buscio comento: está bueno el carro aunque hablan de un sexto que tiene uno para Gran Premio ¿es el de su hijo Don Carlos?
El artesano volvió al taller, ordenó las herramientas y encendió la radio, ya estaban transmitiendo. Tranquilo y para que fuera haciendo brasas prendió la parrilla, agarró el mate y con doña Lila se fueron hacia calle Artigas. Le gustaba tener una primera visión del desfile no bien este arrancaba. Luego se corría a su hogar y en la vereda, ubicaban muchas sillas. Se sentarían propios y extraños, estoy hablando de Puig, por donde bajaba la procesión.
La caravana en aquel entonces era lenta, entrecortada y era encabezada por el carro de la Reina y su séquito, lo manejaba el Pelo Tregarthen. A continuación las bandas musicales y los móviles radiales. En el de Difusora Soriano, Barbitta era la mesura del relato, en radio San Salvador el paroxismo al micrófono a cargo del Pelado Andriolo.
Después de eso los carros. Son plataformas impulsadas por tractores, donde se monta la escenografía en una temática asociada a la estación de las flores. En esa base, se sitúa la princesa, elegida como aspirante al soberano cargo de belleza del concurso. Sus compañeros de clase en tanto, ataviados acorde a la ocasión desarrollan alrededor una coreografía a tono. Entre el pasaje de estas expresiones, hay tiempo suficiente para que el herrero se corra al parrillero y arrime brasas al ovino.
A pesar de ser el segundo fin de semana de octubre, el calor se hace sentir en ese mediodía, lo sufre especialmente la estudiantina. Es el turno del barrio, cuando el agua fría solidaria de los vecinos aplaca la transpiración de los actores.
La primera parte concluye en la Península, mucha gente se traslada hacia ese destino. Puig comienza a quedar sin espectadores y en aquella casa, la del artesano, doña Lila aliña las ensaladas cuando llegan los parientes que habían observado la celebración instalados en la Plaza principal. Con el saludo sale la primera ronda de chorizos picados. Habrá tiempo para disfrutar de otras menudencias, mientras se comenta el nivel del espectáculo callejero. Luego a la hora de la mesa se dispondrá del cordero, ofrenda del encuentro, más sus guarniciones y de postre, ensalada de fruta. Y que nunca falte, el vino, para brindar por presentes, por ausentes y por la gloria de la Fiesta de la Primavera, que congrega, une, alegra y muestra mucho, de lo mejor de todo un pueblo.
Yo lo viví, nadie me lo contó.

Publicado en el Semanario Entrega 2000 en la columna Las Recetas de Marcos Ruella el 8 de octubre de 2010.
Fotos gentileza de Mario Ferreira Organización Publicitaria http://www.mfop.net/ Las mismas fueron tomadas en la edición numero 50 de la Fiesta Nacional de la Primavera, desarrollada en Dolores, dpto de Soriano el día 10 de octubre de 2010.





domingo, 21 de marzo de 2010

COSA NEGRA LA …


Si bien tengo muy claro cual es mi objetivo, las diligencias en búsqueda de información me llevan a diferentes caminos, en ellos ubico otros datos, afines quizás también importantes, como los siguientes.
A comienzos de la década del 70 el gobierno de Pachero Areco decreto veda nacional en la comercialización de carne vacuna y eso generaba no pocos problemas. Uno lo constituía la forma de abastecerse de estas fundamentales proteínas imprescindibles en la dieta de cualquier uruguayo. Si se accedía a los cortes su posterior conservación era complicada los freezer no se hallaban en el mercado; recurriéndose a la congelación en las heladeras de aquel tiempo con capacidad muy limitada. Era valioso para la pitanza, contar con varias fuentes de aprovisionamiento. Entonces la Tía de mi Madre, se valía de tres ayudantes de carga, su hija, mi hermano y yo; juntos subíamos el repecho de la calle 18 de Julio hacia la carnicería El Vigia Junior.
Esa designación de fantasía era algo rara, casi todos los establecimientos del rubro se identificaban con el apellido del propietario. Se justifica así y me lo cuenta hoy el Dr. Martin Santestestan: “la carnicería llega hasta el año 1981 – 82, cuando se vende pero su historia tiene unos cuantos años. En 18 de julio y Schuster, desde antes de 1940 existía la carnicería El Vigia, ¿sabes donde? En la esquina en la cual últimamente Difusora Soriano tenia los estudios en Dolores. Era su propietario Don Carlos Ruiz y Papá uno de sus empleados, que luego se la compra más o menos en 1944 – 45 y forma sociedad con José Ruiz Díaz. En 1961 se disuelve ese emprendimiento ya que Ruiz Díaz se enferma. En aquel momento al Viejo no le dio la nafta para quedarse con el local y compró la esquina de 18 de Julio y Sotura, frente al actual restaurante del Pompón Gorostiaga. Tampoco conserva el nombre original y le pone El Vigia Junior. Trabajaban los cuatro hermanos Santesteban, a saber, su propietario Alberto; Alfredo era el encargado de las facturas, hacia morcilla, chorizos y queso chancho entre otros; Ricardo el cortador y atendía el mostrador y Peruco, en la vieja carnicería a cargo de la fabrica de hielo. Ah y Sergio un sobrino era el repartidor en bicicleta. Papá compraba el ganado en las ferias o en el campo a productores, se lo faenaban en el Matadero Municipal y luego se lo traían. Las medias reses entraban a un salón de despostado que daba a la calle Sotura y los cerdos se mataban en la carnicería; asimismo se vendía fiado con libreta”
La oferta a la vista del cliente expuesta sobre el mostrador o colgada del gancho, mostraba cortes de pulpas, chuletas, puchero, asado, azotillo y tapichi. No faltaban las menudencias. Desde mi óptica y edad este establecimiento, como similares, eran algo sui géneris. En el aire un extraño olor, quizás especiado, húmedo, frío. La concurrencia hablaba alto, muchas veces cerca de los gritos, competían con el agudo chirrido de la sierra eléctrica cortando los huesos vacunos. Aquella conversación era variopinta, pasaba revista a todo el acontecer doloreño, nada ni nadie se salvaba. Había confianza e indefectiblemente la compra pasaría siempre por el viejo tópico carniceril. Las vecinas reclamaban peso justo y carne tierna, el matarife alabando su mercadería. Al fin de cuentas todos quedarían conformes.
Sin embargo mi foco de atención era otro. Estaban ahí, colgadas de un gancho, en hilera. Atadas con hilo de algodón, el de plástico es más moderno. Negras, opacas, algunas revestidas de una pequeña capa blanquecina. En mi casa se comían frías, peladas sin la tripa, en el copetín con vermouth, los Tíos la calentaban en la parrilla. En cualquiera de los casos eran saladas. Las morcillas eran y son mi predilección, sostienen la crónica y la que vendrá en la próxima Entrega.

Esquina 18 de Julio y Sotura, ciudad de Dolores.




Esquina donde se ubicó carnicería El Vigia, calle 18 de Julio y Schuster, ciudad de Dolores, Soriano, Uruguay. Foto tomada en marzo de 2009




Publicado en Semanario Entrega 2000, columna Las Recetas de Marcos Ruella, junio 2009


Actualización del 4 de abril de 2016.

   Recuerdos de Dolores y su Gente, es un grupo público de Facebook coordinado por Juan Castro Rodriguez, quien tuvo la buena idea de generar este espacio de difusión del acontecer de la ciudad y su historia.   
   En el día de hoy, se publicó la siguiente foto con este texto: “Foto y comentarios gentileza de la Sra Etty Santisteban de Chesini, esa foto fue tomada en 1953, el muchachito de la bicicleta es mi tío German Santisteban con 15 años en la actualidad tiene 77 años, el de delantal es Alberto Santesteban, el único carnicero que en esa época fue enviado a Montevideo para un curso, para poder manejar la sierra, y el otro señor de la izquierda era Ricardo Santesteban, son mis tíos abuelos ya fallecidos, como te darás cuenta el edificio está en la actualidad en funcionamiento. Comparemos año 1953 y actual calle 18 de julio y Schuster de Dolores”
   Mi agradecimiento a Juan Castro Rodriguez. 















jueves, 22 de enero de 2009

NOCHEBUENA EN MI PUEBLITO





Falta una hora para medianoche, tengo apuro sería un grave error arribar tarde a la cita. En bicicleta, regalo de mis quince, aprovecho la bajada de la calle 18 de julio, el aventón extra ayuda alcanzar de manera más rápida el hogar del tío de Mamá. De cualquier manera puedo observar un extraño paisaje, raro, quizás psicodélico. La vía de transito esta oscura en la mayoría de su tramo, solo hay luz en las bocacalles a partir de un foco aéreo central pero descubro en cada residencia la intermitencia del arbolito de luz, esas fincas emanan un raro esplendor. Todas las moradas tienen abiertos sus zaguanes de par en par, asimismo las ventanas, no hay ahí descuido. Además de la temperatura ambiente, me supongo, quieren demostrar el dictado de su corazón. Plasmar el encuentro con la familia, con todos, nadie osaría violentar ese espíritu. No hay duda es Navidad.
Como es normal a esa altura del año, la jornada fue agobiante, por el calor y por la tarea. Los camiones, muchísimos, transitaron hacía las barracas ubicadas al norte del pueblo, para volcar el granel del trigo. También hay ahínco en el comercio, el reciente pago del aguinaldo inyectó movimiento a la actividad; se concreta en la adquisición de los insumos para la cena festiva. Ese género fue cargado por apresuradas amas de casas en muchos casos con la ayuda de los hijos. Por eso no hay mucha charla entre vecinas, solo quizás la pausa para una puntual consulta o para asegurar el dato de una receta. Diría que hay hasta cierta excitación, como le sucede a mi madre cuando pone manos a la masa para preparar el pan dulce, un institucional. Siempre pasa los mismo, se que le queda bárbaro, pero se le notaba nerviosa ayer luego del almuerzo. La incertidumbre era por la fuerza de la levadura, después por el estado del horno. Cuando al final el exquisito olor inundo la casa, respiramos aliviados, el tributo ancestral del pan enriquecido con frutas era una realidad gracias a la Vieja.
Ahora el clima es agradable, o quizás sean los litros de agua que se usaron para refrescar las veredas, los patios, donde se alistó bajo la tupida parra una larga mesa solo cubierta con un simple mantel y muchas sillas. Las ocuparán los invitados y la llegada constante de vecinos, en un interminable ir y venir. Ahí se traerá algo a la manera de ofrenda. Este unas sidras y el turrón, otro un salpicón de pollo, Mamá lo dulce y su etérea pascualina, un pariente del campo un trozo de cerdo asado y picado, los anfitriones sándwiches más la pizza casera. No faltaran las aceitunas argentinas, el matambre arrollado, la cerveza, la espinillar, el “vermucito” de la tía vieja, el budín ingles, a veces y de Gualeguaychú el whisky Old Smuggler, toda una ironía. No hay cuchillos ni tenedores, es de picoteo, cada uno se sentará donde quiera, es la más bella reunión de trabadores medios. Falta la suntuosidad sobra alegría. Habrá chistes, cuentos, espontaneidad, se cantará también en italiano en recuerdo de los Mayores. Se hablará casi en código de política y hasta con ironía del Año de la Orientalidad.
Todos los años pasa lo mismo. A las doce el saludo, el brindis por los presentes, por los ausentes y la mesa se seguirá agrandando. Llegan los de al lado, con guitarra y acordeón. Justo cuando los cantos son más desafinados cae la prima para presentar su primer novio, ¡que presentación macho, te acordarás para toda la vida! Habrá tiempo más tarde para ir a saludar a colindantes. Me acuerdo de la última vez, cuando fuimos a darle una serenata al camionero. Ejecutando ollas, tapas y demás útiles del menaje casero como instrumentos, alguien perdió un cuchillo pero a la dueña no se le dijo nada. Suerte, a la mañana siguiente mi Tío, temprano lo encontró, nos salvamos del reto de los mayores.
Alguien me grita algo pero no puedo distraerme quiero llegar. Papá impaciente esta en la puerta esperándome, me dice que me esperan. Dejo la bici a un costado y mientras voy al encuentro de la familia en el tocadiscos Los Wawanco, cantan: “que ya nacerá el niñito/ y a todos bendecirá/ nochebuena en mi pueblito/ que viva la navidad”
Con mis mejores deseos, Felicidades.

Publicado en Semanario Entrega 2000 el dia 26.12.08 en la sección Las Recetas de Marcos Ruella.